Inaugurando la temporada de baños 2013

    En la orilla de la playa de La Garita (Arrieta, Lanzarote)

    Llevó su tiempo deshacerse del pañal y el bañador. Sin embargo, resulta un proceso natural. Nico terminará desnudo, embadurnándose de jable y jugueteando con el vaivén de las pequeñas olas. Aquí está a unos cinco metros de la orilla de La Garita, momentos previos a inaugurar la temporada de baños 2013 (jueves, 28 de marzo de 2013).

    Le llevó su tiempo porque, extrañamente, Nico no pisaba la playa desde finales de octubre del año anterior. Y el bebé no pisó cala alguna porque sus padres lo decidieron así. Se impone la costumbre, estúpida aunque bastante generalizada, de huir de la playa como de la peste durante el período octubre-semana santa. Mis padres extendían la sequía hasta el día de San Juan (24 de junio de cada año). “Pero, mamá, ¿no vas a la playa?”, preguntaba. “El 24 de junio”, respondía como si fuera el día de la lotería navideña. Bien estaba.

    Es un fenómeno sorprendente. Dos millones de turistas visitan cada año Lanzarote. Vale, vendrán por Timanfaya, los paisajes y Manrique, pero fijo que una razón poderosa que les lleva a sobrevolar el Atlántico hasta alcanzar esta pequeña ínsula la conforma su red de playas.

    Y en efecto, en la costa los vemos, sea noviembre, enero o febrero, porque la bendita meteorología de esta isla así lo permite. No sólo están en la arena, en hamacas o sobre las toallas, sino que se bañan y todo. “Están locos”, decimos porque así es, la temperatura del mar baja un par de grados. No estarán muy cuerdos, o sí, pero el asalto al Atlántico no se circunscribe a chapotear la orilla con los deditos de los pies. De lleno y con nadada incluida.

    Turistas bañándose en La Peñita (Puerto del Carmen) durante el invierno de Lanzarote

    Desde la avenida contigua a la playa asistimos a esta paradoja: turistas remojados versus residentes paseando por los bulevares. Te vienen a la cabeza las dos partes contratantes la jornada que inauguraste la temporada de baños. Embadurnado de crema solar Nico se posa brevemente mirando a su alrededor. Tiene una expresión que le delata, “¿todo este parque pa mí?”. Y sí, una enorme zona de esparcimiento sin peligro a abrirse la cabeza con implemento alguno se le abre enterita para él solito: corre, pisotea, explora, ríe, desafía al mar, se acerca, se aleja, interactúa con otros pequeñines, cava hoyos, chapotea, salta, le hace montaña a su madre, come arena, el jable se le adentra en el ojo derecho, construye castillitos de arena y con su padre se adentrará en el Atlántico hasta que, poco a poco, será zambullido. Un chapuzón y otro.

    Cuando en el kiosco de La Garita le das de comer es cuando te preguntas por qué has esperado seis meses en traer a tu hijo a la playa, teniéndola, como la tiene cualquier lugareño, a la vuelta de la esquina. Todas las excusas tendrían una respuesta asegurada si el niño hablara: “Papá, tú eres tonto, ¿no?”.

    PD: Escrito a principios de abril, debo decir que el último baño de Nico aconteció a finales de septiembre. El niño ve el mar y dice “agua”. Nosotros respondemos que no, que está fría. Nico ya habla (por los codos), pero todavía no ha incorporado tonto a su vocabulario…para dirigírselo a su padre.

    Entrada publicada el 8 de Diciembre de 2013