En la cuevita

    Atravesamos sigilosamente el hotel, los jardines son impresionantes pero la terraza con vistas a la cuevita donde todavía (10:00 am) algunos huéspedes apuran el desayuno es sencillamente superior. Otros ocupan sus hamacas en la piscina o en el muellito. No extraña pues que se queden en el hotel.

    La cuevita está así de desierta y en calma, por lo que los niños se desmelenan, sueltan los brazos, las piernas, comen arena, se pelean entre ellos, hacen las paces, construyen granjas de animales en el jable, luego una piscinita cavando un hoyo profundo y van a por agua y la vuelcan y vuelven a por más.

    Es la absoluta libertad, una sensación tan bella de ver como de gozar. Tiene un añadido para los padres. 3 horas así, de desparrame y locura total, terminará en una larga siesta tras quitarles el salitre y darles el almuerzo en la playa.

    ¿Cómo no íbamos a amar a la cuevita?

    Entrada publicada el 9 de Junio de 2016